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Cracker Jack y Reflejos y Reflexiones

Comprarme un Cracker Jack era un lujo cuando era niño. Costaba 15 centavos y mis padres me daban solo 25 los sábados para que pudiera ir al cine y me comprara alguito con el vuelto. La compra del Cracker Jack la hacía solo de muy de vez en cuando. Tenía que contar con más de un q?ara en el bolsillo y tener unas ganas irresistibles de sentir el sabor del preciado popcorn encaramelado con maní y conocer la sorpresa del premio que contenía su envase adentro.

Al mercadito Kraft, que me quedaba cerquitita de casa al cruzar la calle en la esquina de Calle Ocho y Santa Isabel al lado de la escuela de los Stones, se le agotaban frecuentemente las existencias de Cracker Jacks. Muy poco del botín que ofrecía la tienda de cosas que me provocaba comprar estaban al alcance de mi menuda capacidad de compra. Pero con el Cracker Jack no me importaba comprometer la pobreza de mi bolsillo. Mis idas a la tienda las esperaba con gran anticipación. Todo real o dime adicional que lograra conseguir por un medio o el otro me lo gastaba usualmente en melcocha, Spur Cola y bon, parag?itas rompemuela, o cualquier antojo que permitiera mi presupuesto. Hasta que hubiera Cracker Jack. Si tenía lo suficiente en el bolsillo, lo compraba de cajón, aun quedándome limpio.

Cuando no tenía plata, bastaba con irme a la esquina para revisar la variedad de mercancía cualquiera de la tienda que me llamara la atención. Frecuentaba tanto el pequeño almacén que vasto y afilado era mi conocimiento de lo que había a la venta. Al instante notaba la presencia o la falta de Cracker Jack en la tablilla en la sección detrás de la caja registradora.

Un día cerrado de nubes, las frecuentes lluvias de la semana habían hecho muy aburrido el estar metido en casa por tanto tiempo, y se me agotó el deseo de pasarlo dibujando o fabricando cualquier clase de juguetes, como las avionetitas que construía con pegalotodo Ducco de las cajitas Canal Zone Matches y sus fuertes palitos de fósforo. Aproveché la escampada del torrencial aguacero que acababa de caer para ir al mercadito con los 20 centavos de tesorería que me habían caído del cielo. El blanco donde los gastaría, si lo pillaba en su lugar usual, era el codiciado Cracker Jack.

No existía la Tele en aquel entonces, y la economía de nuestra familia no era apta para la compra de mucha juguetería.  El paquín, que llamábamos cómica, era un compañero perfecto con que entretenerme y evitar la soledad de las largas horas que pasaba solo sin amigos, especialmente cuando llovía. En casa siempre había paquines, pero cuando faltaban, o no provocaba su lectura, invertía el tiempo en proyectos de arte o en quehaceres artesanales—como las avionetitas—donde aplicaba soluciones creativas que requerían de la imaginación.

Cuando me dirigí al mercadito con mis 20 centavos, fue para aprovechar la ansiada escampada de las necias lluvias del día que me habían mantenido en casa. Llevaba horas si no leyéndolas, dibujando mis personajes favoritos de las revistas de historietas que más me atraían. Batman, Tarzán, Flash Gordon, Superman y los de la amplia colección de Classics, de esos que encontraba en el Club House en Viejo Cristóbal ofrecían buen material para pasarla dibujando o pintando con mi juego de acuarela. Pero la fascinante proeza del excéntrico Plastic Man de transformarse y tomar la forma de cualquier clase de objetos y cosas, y pasar desapercibido, era el más intrigante de los dotes superheróicos que soñaba con poseer.

Con Plastic Man quedaba totalmente absorbido en fantasía, particularmente cuando se convertía en espejo. Eso me volaba el coco por completo. Trataba de imaginarme lo que sentiría Plastic Man transformado en la esencia del espejo que asumía. No recuerdo con precisión si fue durante el proceso de leer o mientras dibujaba algo de alguno de mis paquines de Plastic Man que con las imágenes del superhéroe transformado en espejo, pero me acuerdo entretener la curiosidad de querer saber cómo sería representada gráficamente una caricatura de Plastic Man habiendo él asumido la forma de dos espejos que, cuando colocados uno frente al otro de cierta forma, crean el espejismo de nuestra imagen repetida infinitamente, así como vemos en las salas de espejos locos en las ferias de diversión. Encuentros semejantes con espejos he tenido ocasionalmente en mi andar cotidiano durante el transcurso de mi vida, y desde muy pequeño. Estoy seguro que la gente en general ha tenido encuentros parecidos. Cuando me ocurren a mi, permanezco en total fascinación durante el tiempo que pueda, contemplando la fila de imágenes mías repetidas al infinito.

Con esa noción de los dos espejos y Plastic Man en la mente, me dirigí al mercadito con mis 20 centavos a ver si habían llegado nuevas existencias de Cracker Jack. Tenía impaciencia por salir de la duda, así que eché a correr desde el momento que crucé la calle. La tienda contaba con dos entradas anchas que quedaban abiertas todo el día, una a cada costado de la esquina del edificio. Entre ambas quedaba el área de la caja registradora. Si no había nadie frente al mostrador que obstaculizara mi vista, antes de llegar a la entrada de Calle Ocho, me era posible ver desde cierta distancia la mercancía en las tabillas detrás de la caja. Cuando me cuenta en media corrida que había una señora frente a la registradora, bloqueando mi vista mientras pagaba, entré como una bala y metí un frenazo con mis confiables y requeteusadas Keds, pero no sin antes chocar con la mujer, dándole su pequeño susto. Me disculpe rápidamente con la señora y miré a la estantería. Y allí estaban, paraditas en fila, las cajitas de Cracker Jack. Y una era para mi.? Mientras recuperaba el aliento por la carrera que había pegado, me paro frente al mostrador con gran anticipación al lado de la señora.  Una vez paga y se va, saludo al señor Panayotis que maneja la caja, y le digo: ?Me da un Cracker Jack por favor. Y cóbreme una Orange Crush. Yo la busco allá atrás.?

Lo primero que hacía con el Cracker Jack era abrir la cajita de una vez para ver si el premio que contenía se encontraba en la superficie.  Si no estaba y se había escurrido muy al fondo tenía que consumir prematuramente la delicia para dar con la sorpresa. A mi me gustaba comer el Cracker Jack con calma para saborear las mascadas. Pero también quería saber lo más pronto posible qué premio me tocaba. Los premios no eran la gran vaina, aunque hallar un trompito, anillo, o pito era fijo motivo de satisfacción. Lo que realmente contaba era ese elemento de sorpresa que acompañaba la compra del Cracker Jack. Por eso fui enseguida a buscar mi soda y me senté en el escalón de la entrada de la tienda que daba a la Santa Isabel para dar con el premio y disfrutar de mi dulce y bebida.  

El premio no estaba a la vista. No era inusual. Muchas veces solo estaba fuera de vista y oculto justo debajo de la superficie del millo.  Con solo tantear el contenido con el dedo se daba con él, si estaba, por supuesto.  Esa vez no lo estaba, así que decidí quedarme sentado para meterle el diente al Cracker Jack y mi soda tranquilamente.

Yo era un niño distraído, un clásico daydreamer. Tal vez por la pena de hablar que me daba el tartamudeo que padecía me refugiaba en el terreno amplio y libre—y fantástico—de la imaginación para llevar a cabo allí el arte de la conversación que manejaba tan pobremente en la realidad. Estar tranquilo y callado era algo que hacía a menudo, y me encantaba. No recuerdo sufrir de aburrimiento de niño cuando estaba solo. Si no estaba leyendo paquines u otro tipo de lectura, o construyendo juguetes, o dibujando y pintando, la pasaba imaginándome una cantidad de vainas. Allí sentadito en la tienda igual me había soltado a lo imaginario mientras me entregaba físicamente al goce de mi dulce y soda. En los ir y venir de mis pensamientos, solo los ruidos del tráfico y del interior de la tienda y el hablar de la gente, me hacían conciente la realidad física en que me encontraba.  

En uno de esos venir fijé mi atención sobre el logo en la caja del Cracker Jack. Me había interesado veces antes, pero en esa le noté con mayor interés la alegría y orgullo que demostraba el rostro del emblemático marinerito, con brazo derecho erguido en saludo militar, su fiel perrito a sus pies, y la bufanda y cuello de su uniforme siendo agitados al aire por lo que de seguro era una agradable brisa marina. Sentí el impulso de pintar o dibujar lo que por primera vez estaba notándole al logo. Al estudiar los elementos gráficos que requeriría el trabajo, tomé particular interés en la cajetita de Cracker Jack que tenía en su mano el marinerito. Por su tamañito exigiría un trabajo detallista particular.

Mientras consideraba alternativas, me causó intriga la noción de imaginar la figura misma del logo, en si, la de toda la portada, plasmada también en la cajita que sujetaba el marinerito en su mano, y que en esa cajita mas chica habría otra figura de si mismo sujetando a su vez otra cajita, la cual portaría a otro marinerito, repitiéndose lo mismo en cada nuevo nivel, solo que más diminuto que el anterior, y así sucesivamente hasta nunca terminar. De pronto me da la sensación de estar bajando físicamente con cada nuevo nivel que imaginaba, hasta el punto donde no pude más y solté del todo el agarre a la fantasía, y con eso siento la impresión de haber entrado en un gran vacío en que me sentí flotando y todo en lo que pensaba se desvanecía como en la niebla y sin mucho importarme. Y por alguna razón sentí una afinidad física con las imágenes repetidas infinitamente en el espejismo que había relacionado con Plastic Man antes de ir a la tienda. Se me hace que había una conexión directa con lo que estaba experimentando con el logo del Cracker Jack. Y aunque de alguna manera reconocía que la diferencia entre las dos características de lo infinitamente repetible era solo gráfica, la sensación física que sentí del tiempo y el espacio eterno era idéntica en ambas.?

Por supuesto, a mis 6 años nada de eso lo reflexionaba intelectual o conscientemente, pero la presencia física del espacio infinito que sentí es algo de lo que nunca me olvidé. A partir de ese momento, a casi todo trabajo de dibujo o pintura que hacía, le asignaba un elemento gráfico que representara el infinito para volver a sentir, en el ejercicio del arte, lo que había vivido en mi interior ese día con el logo.

Más adelante, de un libro que enseñaba cómo dibujar, aprendí sobre el uso del punto de fuga para representar gráficamente la tri-dimensionalidad del espacio. A medida que crecía y maduraba la manera en que generaba los trabajos artísticos que realizaba, ya sea en la escuela o en casa, invariablemente concebía temas que ilustraban o insinuaban el infinito, empleando la técnica del punto de fuga. Pero a los 29 años, en 1973, cuando pensaba en abandonar el mundo del comercio para entregarme a la dudosa proposición de realizarme profesionalmente como artista, fue cuando crucé el umbral de proponerme a representar en mi obra la sabiduría que contiene el espacio infinito. Los temas filosóficos y el profundo reflexionar sobre el Cosmos y el papel que jugamos en él que en adelante comencé a entretener en lo personal, sirvieron desde entonces como fuente perenne de inspiración para el desarrollo de mis obras.

Con el pasar de los años, cuando ya me había situado profesionalmente en el mundo del arte de mi país, y recibía mayor reconocimiento la madurez en la técnica en mi trabajo, también maduraba plásticamente mi conceptualización gráfica de la infinidad y el espacio cósmico. Ese cúmulo de conocimiento personal y profesional sobre la naturaleza y las propiedades de lo eterno, cristalizó mi comprensión intelectual de la sensación espacial que estimuló mi encuentro infantil con el logo del Cracker Jack.

Lo que finalmente he llegado a comprender durante la larga jornada, es que la idiosincrasia reflectante del universo y la nuestra que nos evidencia el infinito mismo, sugiere que todo lo que habita el cosmos existe en reflejo de si mismo. La presencia del reflejo como podemos observar en un espejo, por ejemplo, existe en evidente variaciones en nuestro mundo natural: en la configuración cristalizada de algunos elementos; en los patrones fractal que toman cierta vegetación y cristales; en el contenido de los espejismos y otros fenómenos parecidos que se observan sobre aguas calmas o en desiertos.

Esa presencia del reflejo no se limita a lo que es físicamente obvio. La ciencia de la teoría cuántica investiga no solo la posible existencia de un universo paralelo al nuestro, sino de muchos a cada cual.? En los terrenos de nuestro interior, particularmente en nuestra sicología y espiritualidad humana también se evidencia la presencia del reflejo. El razonamiento reflexivo, o el reflexionar sobre algo o uno mismo son dos maneras en que la mecánica del reflejo se manifiesta en los albedríos de nuestra mente y psiquis.

El reflejo también le sirve a nuestro indagar filosófico, principalmente cuando nuestra relación con los opuestos dirige el propósito de nuestro existir. La felicidad y la tristeza, el hambre y la saciedad, la duda y la certeza conviven como reflejos de si mismos en nuestro ser. Los opuestos son el espejo que requiere la Verdad para reconocerse cuando se contradice a si misma. Sin los opuestos no habría un todo o infinito que percibir.? En su búsqueda del perfecto balance entre el ir-y-venir de su evolución, el universo se sirve de los opuestos. Sin ellos no podría darle validez a su existencia?ni nosotros a la nuestra. Por eso podemos vernos reflejados en todo lo que somos capaces de observar.

No seríamos consciente de los opuestos si no fuese por su componente simétrico, sin el cuál no podríamos reflexionar y reconocer nuestras contradicciones. La reflexión da significado a quien y qué somos.? Nos pone en contacto directo con la naturaleza de los opuestos y el papel crucial que desempeñan en ayudarnos a identificar la realidad. La similitud en nuestras contradicciones es reafirmada con la esencial presencia de la simetría en nuestro universo. Cuando nos vemos reflejados en un espejo, por ejemplo, lo que realmente vemos no es nuestra réplica idéntica, sino nuestro idéntico opuesto, es decir, un reflejo contrario de quién somos. Si levantamos el brazo izquierdo frente a un espejo, el brazo que vemos izado en el espejo no es nuestro brazo izquierdo. Desde el punto de vista de nuestra imagen reflejada, es realmente el derecho.? Debido a que estamos "observando" la realidad desde nuestro lado del espejo, es que suponemos que el brazo que alzamos es nuestro brazo izquierdo. Pero, no confinado a un punto de vista unicéntrico, nuestro reflejo se convierte realmente en una réplica opuesta de quién somos. Visto de esta manera, podemos concluir que el brazo derecho de nuestro reflejo es en realidad el brazo izquierdo de nuestra imagen y viceversa, dependiendo de cuál lado del espejo decidamos observarnos.

La simetría es esencial para que podamos observar nuestra realidad en esos términos relativos. La razón por la cual pude relacionarme con la aparente incongruencia lógica de la repetición de las imágenes en el espejismo de lo de Plastic Man y las cajitas de Cracker Jack, fue porque la simetría permitió que percibiera el fenómeno de la repetición sin fin en ambas direcciones opuestas desde el mismo punto de partida o de vista. De igual manera, en nuestro reflexionar la simetría nos asiste en que reconozcamos en el ?espejo? de nuestra existencia a nuestra naturaleza contraria. Y no se trata de una simetría pareja, en la cual las dimensiones de los opuestos reflejados son igualmente proporcionadas.? Un balance perfecto en nuestra reflexión no es obligatorio para reconocer la verdad de nuestros hechos.? La verdad también puede ser reflejada asimétricamente y aun ser reconocible.

La asimetría es la realidad percibida en un estado carente de armonía. No siempre en nuestro Ser nos encontramos en un estado armónico. En términos psicológicos, para que sea veraz, el reflejo realista de nuestro estado mental no necesita ser perfectamente simétrico y equilibrado, como vemos nuestro reflejo en un espejo normal, por ejemplo. Cuando las aguas de un estanque no están calmas, o cuando el espejo sufre deformidad, nuestro reflejo se ve alterado. Pero, ?es falso ese reflejo, o esa reflexión? La imagen de nosotros que vemos en las aguas inquietas del estanque luce inestable en relación con la imagen original de ?este? lado. Pero, desde ?aquel? lado, desde la perspectiva de la imagen alterada, ?cómo percibimos nuestro estado?

Por cierto, yo no pretendo conocer las respuestas a estas interrogantes y las muchas otras con que me he encontrado sobre la naturaleza del reflejo y la reflexión y todas sus implicaciones físicas y psicológicas, pero lo que sugieren filosóficamente abre puertas a una investigación ilimitada sobre el tema.

En mi obra pictórica, desde niño, he estado explorando las sensaciones del reflejo a través del empleo de mi fascinación por la perspectiva y su relación con el infinito. Hace algunos años, descubrí que la perspectiva, según es representada en las obras de M.C. Escher, ofrece una relación gráfica con el espacio y el tiempo que permitía una representación visual tridimensional casi fidedigna de la infinidad y la percepción del espacio.? Pero lo infinito que yo presentía iba más allá de cómo era representado por Escher. Las perspectivas múltiples que ofrecen sus obras convergen en un número definido de puntos de fuga gráficamente identificables, y debido a su especificidad, no me representaban o reflejaban esa más auténtica definición del estado sin fin del universo que yo percibía.? Finalmente en 1987, inspirado por las virtudes gráficas de las cintas que permitían un sin fin de puntos de fuga con que jugar espacialmente en mis trabajos, solucioné las limitaciones de la tri-dimensionalidad de Escher que me molestaban.?

Como yo lo veía, la sensación del espacio universal no se origina en un punto, sino en todos los puntos. El infinito debe ser integral, universal en su manifestación de la Realidad para que nos percatemos de él con la entrega que merece, para que lo sintamos presente a cada instante de nuestra existencia. Esta más acertada representación del infinito que logré con la cinta y lo que sobre nuestra naturaleza me reconfirmó la serie documental, The Brain: Our Universe Within, hicieron que en 1988 adoptara el concepto del trabajo modular como mejor carril gráfico para explorar mi fascinación con el espacio y el Cosmos. Como resultado, el infinito que vengo representando en mis obras desde entonces no es definido por ningún punto específico. La percepción de la profundidad del espacio origina virtualmente de cualquier lugar—lo que libera la obra de la lógica de gravedad terrenal y la abre a múltiples alternativas visuales. En el lienzo, por ejemplo, la izquierda o derecha, el arriba o abajo puede ser cualquiera de sus costados. Incluso la simetría intencionada de los dípticos y los trabajos de paneles múltiples puede ?desorganizarse? sin alterar el balance de la composición o la estética de la obra, lo que permite libre albedrío en su disposición. En breve, la obra puede contemplarse en una miríada de posiciones, lo que virtualmente hace que pueda verse una nueva pintura, por así decirlo, con el simple reposicionamiento de los paneles en cualquier forma que se le antoje al observador.

?Que distancia ha recorrido mi percepción del espacio desde ese encuentro con él en el Mercadito Kraft mientras comía Cracker Jacks!

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